Un silencio que sorprende

Por Mariangela Méndez

Y entonces…

Hace un poco más de una semana, el lunes 23 de septiembre a eso de las 9 de la mañana, el mural que estaban pintando los artistas Power Paola y Lucas Ospina, en una de las paredes exteriores del Centro Colombo Americano de Bogotá, fue violentamente borrado, “desaparecido” si uno usa las palabras correctas. Esto, por orden fulminante de aún no se sabe quién, parece que de la dirección del Centro Colombo Americano.

Y digo no se sabe quién, pues el comunicado enviado por el Colombo, justificando esa acción injustificable, no está firmado, por tanto, no hay quién se adjudique el hecho. No hay cómo identificar a un individuo como responsable. Y en la calle, en los corredores, en internet, se habla, en cambio, de instituciones que han actuado, y de instituciones que han dejado de actuar. La no firma de ese comunicado sorprende porque finalmente las instituciones tienen directores, representantes legales, un puñado de gentes que siempre responden por las decisiones que parecen haber sido tomadas por un edificio. ¿Edificio? Sí, como el Colombo, el Ministerio, el Salón, el mundo del arte, el mundillo del arte, todos, nadie.

A la fecha, aparte del comunicado del Colombo, también se cuenta con otra carta, muy formal, firmada por el director artístico del 45 Salón Nacional de Artistas, Alejandro Martín, y la directora ejecutiva del 45 Salón Nacional de Artistas, Carolina Muñoz. Carta de modesto rechazo a la censura, enviada por dos contratistas que no parecen haberse percatado de que son los representantes, los directivos de turno del 45 Salón Nacional de Artistas, una institución con más de 70 años de historia, que para las artes visuales en Colombia es a veces mayor que el mismo Ministerio de Cultura, si acaso no es la misma razón de ser del Ministerio de Cultura para el campo de las artes visuales en Colombia.

El silencio que rodea al muro blanqueado sorprende, entristece y avergüenza. Seguramente se escucha de todo en los corredores, pero lo cierto es que, por escrito (con excepción de lo escrito por Bernardo Ortiz, el gesto del grupo de restauración de La Universidad de los Andes, y lo que está escrito en el mismo muro), se ha dicho poco en rechazo a la violencia del gesto de censura perpetrado por el Colombo Americano. ¿Acaso no se trata de un gesto que nos compete a todos?

Este es un gesto violento, un acto individual de autocensura de alguien que cobardemente lo volvió una censura colectiva al esconderse tras la institución que representa. Y este borramiento, esta desaparición, no deja de angustiarme, pues en arte, así como en los crímenes, siempre hay autores —incluso cuando un crimen no es perpetrado por la misma mano que da la orden se habla de autor intelectual del crimen—. El director artístico del Salón conocía bien el tono y el estilo de los artistas invitados. Se trata de artistas reconocidos y de trayectoria que empezaron su trabajo después de incalculables horas en el diálogo de preparación, y los cinco días que dedicaron enteros a ese muro fueron borrados por fuera del diálogo, sin siquiera dar chance a que los artistas modificaran o se rehusaran a modificar su obra. Este es un acto de desaparición como cualquiera de los que nos hemos habituado a ignorar en Colombia.

Lo cierto es que quien tomó la decisión y tenía el poder de ordenar a otros actuar, no ha dado la cara. No me sorprende. Ese gesto agresivo de acallamiento da tanta vergüenza, que no hay quién se lo adjudique. Sin embargo, al momento de decidir borrar, la orden sí fue certera. ¿Acaso no hubo convicción? Yo diría que sí: esa orden vino clara desde de la propia censura de alguien que imaginó que le iba a caer una sanción, o peor, que simplemente no le gustó lo que vio y en un exceso de autoridad lo hizo borrar. Se trató de alguien que respondió a sus propios miedos y disparó la orden que eliminó un mural que era un comentario visual que es público, que es de todos. En otras palabras, que es vox populi y que concierne a todos al ser político. Porque el arte es político o se vuelve político, o lo hacen político a las malas, como en este caso.

Además de denunciar aquí un gesto de censura, que violó el derecho a la libertad de expresión, lo que quiero señalar es que los curadores y los artistas involucrados con este Salón, así como los trabajadores en las instituciones culturales, callan. Parece que hasta este punto hemos normalizado la violencia. Y el silencio de las instituciones que nos representan es abrumador porque “nos representan”, es decir, nosotros las hemos constituido cuando les conferimos autoridad. Da vértigo darse cuenta de que hemos normalizado los abusos al punto de que las instituciones son incapaces de defender los contenidos que dicen promover y los públicos y gremios que dicen apoyar.

No se puede normalizar la violencia y mucho menos este tipo de reacción de las instituciones. Se trata de un silencio que no nos protege, no nos defiende, no nos empodera. Con nostalgia pienso en el gesto de Álvaro Barrios al rechazar el premio del XX Salón Nacional de Artistas (1969) y tapar su obra con una tela negra en respuesta a la decisión del jurado de premiar una obra que él y muchos otros consideraban un esbirro imperialista.

La sociedad está basada en la capacidad de comunicar, dialogar, chismear y entrar en consenso, ¿dónde estamos? El Colombo —y todo y todos a los que representa a falta de un nombre propio que se adjudique el acto violento— borró con unos pocos brochazos la obra trabajada a pleno sol y bajo la lluvia, de dos artistas que, gústenos o no, hicieron su trabajo.

¿Y nosotros? Los artistas, los curadores de este Salón y de otros, ¿nos escondemos detrás de qué institución?, ¿qué miedo nos impide reaccionar? ¿Acaso no nos hemos dado cuenta de que borrar, desaparecer una obra en un Salón Nacional, es un evento de cancillería?, ¿acaso no vemos que el ataque no es solo a esos artistas sino a todos nosotros?¿Colegas curadores, dónde están? ¿qué han hecho al respecto? Ese mural y su diálogo tenemos que mantenerlo vivo al menos hasta que el Salón termine. Los curadores estamos al servicio del arte, de las ideas, ni siquiera al servicio de los artistas, y mucho menos al servicio de las instituciones.

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